martes, 6 de mayo de 2008

El ultimo exito de Cerezo Productions

Estudios Sociales
Universidad de Sonora
estudiosociales@cascabel.ciad.mx
ISSN (Versión impresa): 0188-4557
MÉXICO
2005
Juan Carlos Ramírez Rodríguez
MÁS ALLÁ DE UN VIDEOCLIP DE VIOLENCIA: LA ARGAMASA ENTRE VARONES
Y MUJERES
Estudios Sociales, julio-diciembre, año/vol. XIII, número 026
Universidad de Sonora
Hermosillo, México
pp. 8-25
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A. C.
Más allá de un videoclip
de violencia: la argamasa
entre varones y mujeres*
Juan Carlos Ramírez Rodríguez**
Fecha de recepción: 17 de mayo de 2005.
Fecha de aceptación: 4 de junio de 2005.
* Este ensayo forma parte de un proyecto más amplio
denominado “Género y violencia”, el cual tiene una
vertiente de investigación y otra de intervención.
** Profesor Investigador. Programa Interdisciplinario de
Estudios de Género (PIEGE). Departamento de Estudios
Regionales/INESER. Centro Universitario de Ciencias
Económico-Administrativas. Universidad de Guadalajara.
Correo electrónico: jucarlos@cucea.udg.mx
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Estudios Sociales
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Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A. C.
Resumen / Abstract
La violencia que ejercen los varones Violence perpetrated by men against
contra las mujeres es un fenómeno women is a daily phenomena increas-
que día a día gana el rechazo social ingly acknowledged by society. Its dif-
de manera más amplia. La forma de ferent expression is widely rejected in
identificar y comunicar el fenómeno an everyday basis. Violence is identi-
en general se limita a los efectos de fied and communicated considering
la violencia, la cual da cuenta de facts, endedsituations the process.
hechos consumados, lo que limita la Thus, restricting the understanding.
comprensión de la misma. El artículo This article presents a theoretical dis-
propone una discusión teórica que cussion establishing connections
enlaza el vínculo entre conceptos among key concepts: violence, power,
clave (violencia, poder, dominación e domination and ideology, in order to
ideología) para el entendimiento de have a better understanding of this
este fenómeno. Se incluye infor- sociocultural phenomenon. Besides,
mación empírica para mostrar la it includes empirical data to illustrate
utilidad de la teoría y los retos que theoretical bases and the challenges
todavía debe superar y se proponen to face ahead. It is stressed the im-
algunos ámbitos temáticos para portance of some topics that are nec-
continuar el estudio de la violencia essary for intessive study, in order to
ejercida por los varones. have a comprehensive understanding
and to stop the men violence.
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Estudios Sociales
Palabras clave: violencia mas- Key words: men’s violence. gen-
culina, violencia de género, antro- der violence, anthropology of vi-
pología de la violencia olence.
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Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, A. C.
Introducción
C on este trabajo me he propuesto discutir algunos as-
pectos de orden teórico y empírico en torno a la violencia que ejercen los
varones. Más que intentar llegar a conclusiones, mi interés consiste en identificar
problemas que abran la discusión sobre preguntas no resueltas y tratar de
identificar posibles enlaces entre conceptos que, sin ser independientes,
requieren un hilo conductor que los articule y les de sentido. Por los reque-
rimientos que se plantearon para la elaboración de este documento, he corrido
el riesgo de la brevedad, por lo que algunas ideas simplemente las anoto sin
desarrollarlas. Paso visita a conceptos como violencia, ideología y poder. En
algunos casos muestro algunos ejemplos que considero útiles para comprender
el problema de la violencia masculina. Por otra parte, identifico algunos de los
ámbitos empíricos que considero relevantes y termino con algunas notas para
continuar con la discusión.
Para pensar la violencia que ejercen los varones
Existen diferentes formas de acercarse a reflexionar sobre la temática de la
violencia. Sus orientaciones enfatizan cuestiones filosóficas, sociológicas,
psicológicas, jurídicas, culturales, económicas, políticas o de salud (Genovés y
Passy, 1976; UNESCO1, 1981; Sánchez, 1998). Lo que parece quedar claro es la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (por sus siglas en
1
español).
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complejidad y diversidad de formas de violencia y, como consecuencia, lo
aventurado de llegar a establecer conclusiones globales y sí, en cambio, la
posibilidad de ofrecer avances que permitan una comprensión más profunda
de las implicaciones de la misma.
Mi interés es incursionar en lo que Sánchez (1998) reconoce como formas
ideológicas de violencia, a las que él denomina como sexistas y otros autores
como violencia masculina, la cual es, a su vez, una de las formas que adopta
la dominación masculina (Bourdieu, 1990). Esta dominación, que desde la
perspectiva feminista ha recibido el nombre de patriarcado, ha insistido de
una u otra forma en la condición de subordinación de las mujeres hacia los
hombres. Esto ha tenido una trascendencia mayor: hoy es aceptado que la
dominación masculina no sólo implica la subordinación de las mujeres hacia
los hombres, sino de los hombres respecto de otros hombres. La preferencia
sexual, racial, étnica, de clase, generacional y la pertenencia a sociedades con
distinto nivel de desarrollo, son elementos que forman parte de este proceso
de subordinación que intenta romperse utilizando estrategias variadas, desde
las propiamente violentas –las menos por fortuna–, que tienden, en palabras
de Villoro (1998), a im-poner como forma propia del ejercicio del poder2, hasta
aquellas que tienen el ex-poner como punto central de actuación; esto es, que
impiden la dominación, que la resisten en base a la construcción de un
contrapoder.
Recurrir al recurso etimológico y restringirse a él para discutir el problema
de la violencia masculina, tiene una utilidad limitada. Asimismo, considerar el
asunto de la violencia masculina en función de sus efectos: intencionalidad,
víctimas y perpetradores,3 ayuda pero no permite escapar hacia perspectivas
más amplias y comprensivas que den cuenta de la violencia masculina como
proceso en construcción permanente. Esta dificultad para dirigirse hacia formas
En este caso, quiero hacer notar que no me estoy refiriendo a otras formas de violencia, sino a
2
las de carácter sexista, puesto que es evidente la existencia de los problemas en Irak, como antes lo fue
en los Balcanes, sólo por mencionar algunos casos de formas propiamente no sexistas de violencia en
las que también éstas se pueden presentar, pero como un elemento adicional, aunque de ninguna
manera deben considerarse un problema menor.
Desde mi punto de vista, es ahí donde se encuentra entrampada la discusión sobre la violencia
3
masculina y más específicamente la violencia doméstica masculina contra la pareja. Esta idea de los
elementos que componen el concepto de violencia doméstica contra la mujer se ha discutido con
anterioridad (Ramírez Rodríguez y Patiño Guerra, 1996).
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comprensivas tiene como uno de sus aliados a los sistemas de creencias que
contribuyen a asumir como natural, incuestionable e invisible la dominación
masculina. Las formas ideológicas que recurren insistentemente a figuras
monolíticas sobre estructuras sociales4 y sobre los papeles que deben asumir
los agentes sociales hacen difícil superar tales concepciones.
Pero, ¿qué entendemos por ideología? Siguiendo a Thompson (1993), la
ideología es aquel conjunto de significados que contribuye a mantener
relaciones de dominación. Hay que tener en cuenta que no toda forma simbólica
es ideológica en el sentido mencionado. Podría decirse que hay ideologías
que procuran mantener el estado de cosas y otras que buscan subvertirlo,
transformarlo, de esta forma adquiere connotaciones tanto en términos
positivos como negativos. Entonces podría decirse que todo aquello que
contribuye a no cuestionar, a no dudar, a aceptar pasivamente e, incluso, y
desde luego, a legitimar la dominación masculina, tienen, de acuerdo a Thomp-
son, una apreciación negativa de la ideología, ya que procura el ocultamiento
de las asimetrías, en este caso, entre los géneros. Por otro lado, cabe plantearse
que el develamiento por medio del estudio sistemático de este fenómeno
muestra las formas de dominación que tienden a desnaturalizar y visualizar
las asimetrías, los modos generales de operación de la ideología y las
estrategias de construcción simbólica, lo que tiene una connotación positiva.
Veamos algunos ejemplos de las estrategias y modos ideológicos que
plantea Thompson y como éstos pueden ser, y de hecho son, aplicables al
entendimiento de las maneras en que la dominación masculina es encubierta
y las formas en que una de sus manifestaciones, la violencia, es ejercida por
los hombres. De las diferentes manifestaciones de esta última, quiero referirme
a la violencia doméstica masculina contra la pareja.
Uno de los modos de operación de la ideología es la “simulación”, o formas
de fingir, de hacer aparecer algo que no es realidad. Una estrategia simbólica
es la “eufemización”, que pretende una valoración positiva de una acción que
Baste el ejemplo del presidente nacional del grupo “Provida”, quien mencionó que existe un
4
error en la incorporación de “género” y “familias” en los libros de texto para las escuelas primarias,
porque implica la aceptación de la homosexualidad como forma “normal” de comportamiento y el
asumir que se pueden dar otras formas de conformación familiar (entre homosexuales), las cuales, a su
entender, atentan contra la cultura mexicana (“Jorge Serrano criticó los nuevos programas de la SEP. El
dirigente objetó los puntos relativos a sexualidad”, Público Provida, sección nacional, 4 de enero de
1999, p. 20).
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es negativa. Es frecuente escuchar a algunos hombres referir los golpes que le
propinan a sus parejas como: “Yo no le pegué, sólo le di una cachetada”. “Yo
no le hice nada, sólo la puse en su lugar”. En el primer caso, la cachetada al
parecer deja de ser un golpe y, en el segundo, el golpe es un medio correctivo
ante una desviación que amenaza con alterar una determinada forma de
“orden”. Así, los golpes desaparecen, ni siquiera figuran, porque lo central es
asegurar una “z” funcionalidad.
Hace algún tiempo, mi amiga Esperanza (nombres ficticios) me contó que
acababa de comprar un automóvil. A los días, de manera “coincidental”, se
atraviesa una festividad, entonces, Ezequiel, su esposo, le obsequia un teléfono
celular con todos los adelantos tecnológicos, al que agrega a sus instrucciones
de uso:
Ezequiel. Cuando llegues al trabajo conéctalo para que se cargue y mantenlo
prendido siempre. Me preocupa que te pueda suceder algo en el coche.
Esperanza. Si me ocurre algo, lo prendo y te llamo. Además, en los lugares en
donde estoy hay teléfonos a donde tú me puedes llamar.
Ezequiel. Es que algo te puede pasar, por favor mantenlo prendido, así te puedo
llamar a cualquier hora.
Este es otro ejemplo de acciones a las que se les va dando nombres que
ocultan un propósito: mantener el control de Ezequiel sobre Esperanza. Pudiera
incluso parecer una forma sublime y quizá costosa de cumplimentar un interés
por mantener el ¿cuidado?, ¿vigilancia?, ¿control? de la pareja.
En la literatura especializada, durante mucho tiempo han privado conceptos
como “violencia contra las mujeres”, “síndrome de la mujer maltratada”, “mujer
violentada” y “violencia doméstica”. En los tres primeros casos no se identifica
al sujeto que lleva a cabo la acción, sólo se entiende que algo le ha ocurrido a
la mujer. La forma lingüística expresa una pasividad de la acción. En el último
caso ni siquiera figura la mujer, sino un espacio que pudiera interpretarse co-
mo físico o social, privando una ambigüedad en el término. Sin embargo, en
todos los casos, a lo que se está aludiendo es a la violencia que sufren las
mujeres a manos de sus parejas. En tal sentido, el modo en que opera la
ideología es cosificando acciones, utilizando una estrategia simbólica de
“pasivización” y “nominalización” que suprime a los agentes y en donde los
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procesos aparecen como cosas. Desaparecen los hombres que son los
productores de la violencia.5 Quizá una alternativa sería denominar a tales
hechos como “violencia doméstica masculina contra la pareja”, donde aparecen
tanto los actores como la dirección de la acción.
La ideología está ligada al ejercicio del poder, a relaciones de fuerzas, a
posiciones que guardan una dinámica continua que tiende a mantener la
dominación. Esto es, la dominación sólo puede persistir recurriendo al ejercicio
del poder. Entiendo el poder como juego de posiciones sustentadas en capitales
simbólicos, económicos, culturales y sociales, que en conjunto determinan
posiciones que permiten imponer condiciones para la consecución de acciones
específicas entre agentes involucrados. Bajo esta orientación, Aguilar (1998),
con una influencia absoluta de Foucault, considera que las relaciones de poder
poseen ciertas características como la reproducción, porque los dominados
ejercen, también, el poder sobre otros, tal como si fuera una reacción en cadena,
ya que se es objeto del ejercicio del poder, pero, a su vez, se ejerce el poder
sobre otros que reciben, transmiten y reproducen el poder. Un rasgo más del
poder es el deseo de dirigir el comportamiento de otro, rasgo por demás
compartido por todos los conceptos de poder que se han elaborado.6 Además,
el poder es productor, entre otros, de resistencia. La resistencia se presenta
en aquel que recibe el efecto del poder, siempre y cuando éste tenga libertad
y posibilidades de revertir el poder de que es objeto. Por último, el placer es
producto del ejercicio del poder, pero también se encuentra placer en las formas
de sortear la influencia, el efecto del poder, en tanto agente libre en la búsqueda
de formas para liberarse de él. Estos rasgos son para Aguilar (1998: 220) el
sustrato para la propuesta de lo que llama la “hipótesis de la complicidad”, ya
que, desde esta perspectiva de poder, “la actividad en el poder compete a
todos, dominadores y dominados. El poder circula de otra manera, en él todos
son activos, y al tomar, en tanto cómplice, este papel activo se introduce la
responsabilidad y con ella la dimensión ética”.
Llama la atención que estos conceptos hayan sido acuñados y que se utilizaron y siguen
5
utilizándose profusamente por el movimiento de mujeres y por el movimiento feminista, lo que permite
observar que los procesos ideológicos inciden, incluso, ahí donde se gestan dinámicas de ruptura y
resistencia hacia las formas de dominación, en este caso masculina.
Aunque varían en otros aspectos, autores como Maquiavelo (1997), Hobbes (1996), Weber (1992)
6
y Foucault (1988, 1993) mantienen este común denominador: la intención abierta de dirigir, de incidir
clara y específicamente en la acción del agente que es receptor del poder.
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Esta perspectiva positiva del poder da pie a preguntar: ¿cómo es que
eventualmente deviene en violencia y en dominación? Dejo que Aguilar (1998:
220-221) responda:
esta transformación (de poder a dominación) es imperceptible y es en ella donde
entra la violencia. La transformación se lleva a cabo mediante pequeñas modi-
ficaciones, pequeños cambios paulatinos y reiterativos que van torneando las
expectativas de la voluntad y el cuerpo mediante expresiones de confianza, de la
apropiación de ilusiones y deseos ajenos o de amenazas sonrientes y veladas.
Las relaciones de poder (...) dejan de ser variables y flexibles; no permiten más
que los participantes tengan una estrategia que los altere; comienzan a armarse
firmemente y a congelarse; previenen toda reversibilidad de movimiento, mientras
que la inercia de la conciencia va sustituyendo unas libertades por otras, libertades
reales, realmente creativas por libertades restringidas, libertad de decir sí de
varias maneras o de enfrentar situaciones dilemáticas violentas en cualquier caso.
De la propuesta de Aguilar quiero destacar dos aspectos: uno es la
consideración de que todo poder anquilosado cae en dominación y por tanto
pasa por la violencia, aunque nunca se llega a definir si la dominación
necesariamente implica la violencia. En ello no media un tiempo preciso y
parece que no es, necesariamente, un mecanismo evolutivo, sino una
probabilidad, lo que se traduciría como: todo poder puede transformarse en
dominación.
El segundo aspecto se refiere a la forma creativa de resistencia al poder
ejercido, que es lo que Villoro (1998: 172) denomina como contrapoder,
identificándose este último como las capacidades de llevar a cabo acciones
que contrarrestan o protegen del poder. Por otro lado, el poder impone, incluso
por medio de la violencia, pasando sobre la voluntad del otro. En cambio el
contrapoder “ex-pone su voluntad ante los otros, su ámbito es el de la
comunicación, no el de la violencia”.7
Violencia, ideología, poder, dominación, están indisolublemente
vinculados. Su demarcación no es clara. No existen límites precisos a partir de
los cuales se pase, por ejemplo, del poder a la dominación. No puede concluirse
Baste recordar al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, resistiendo de manera creativa los
7
embates del poder del Gobierno Federal.
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tajantemente si el poder es compatible con la violencia y no con la dominación
o viceversa; esto es, la dominación es compatible con la violencia pero no con
el ejercicio del poder, a menos que la ideología se considere como violencia.
Este asunto se torna difícil de discernir si consideramos lo que Bourdieu de-
nomina como violencia simbólica al hablar del intercambio lingüístico,
mencionando que:
Cualquier intercambio lingüístico conlleva la virtualidad de un acto de poder,
tanto más cuanto involucra agentes que ocupan posiciones asimétricas en la
distribución del capital pertinente. Esta potencialidad permanece latente, como
a menudo acontece en la familia y en las relaciones de philia, en el sentido
aristotélico, donde la violencia es suspendida en una suerte de pacto de no-
agresión simbólica. Sin embargo, aun en estos casos, la negativa a ejercer la
dominación puede ser una dimensión de una estrategia de condescendencia o
una manera de llevar la violencia a un grado más elevado de denegación o
disimulo, una manera de reforzar el efecto de desconocimiento y, por tanto, de
violencia simbólica. (Bourdieu y Wacquant, 1995: 104)
Como empieza a vislumbrarse, la propuesta de Bourdieu puede consi-
derarse una síntesis de los distintos aspectos y elementos que se han venido
argumentando. Pero de ninguna manera podría decirse que se limita a ello,
sino que construye y reconstruye, en un ejercicio permanente, aspectos teóricos
que utilizó para dar cuenta de otros objetos de estudio y que encuentra per-
tinentes para entender la dominación masculina y, desde luego, la violencia
simbólica. Iré señalando a continuación algunas coincidencias y tensiones que
he identificado entre los autores antes aludidos con Bourdieu, los que tendrán
que ser estudiados con mayor detalle, pero en otro trabajo, dadas las limitantes
de espacio de éste.
Thompson, al discutir la ideología, el poder y la dominación, identifica
formas simbólicas de reproducción de la dominación, como la simulación y la
eufemización antes mencionadas. Cabrían en ellas otras como la condes-
cendencia, la denegación y el disimulo que para Bourdieu son, directamente,
formas de violencia simbólica. Desde este punto de vista, tanto la condes-
cendencia como la denegación y el disimulo, son formas intencionales de
relación, lo que abre la posibilidad de plantearse si para Bourdieu la violencia
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simbólica es una forma única y exclusivamente instrumental, lo cual es negado
por él mismo, como veremos más adelante, contraponiéndose a la teoría de la
acción racional.
Respecto de la propia violencia simbólica no existe una coincidencia con
lo planteado por Aguilar, ya que para ella la violencia ocurre como un elemento
por el cual se transitará al pasar del ejercicio del poder a la dominación. En
cambio, para Bourdieu, la simple relación dialógica entre agentes implica una
relación de poder y de violencia simbólica.
Pero ¿qué es la violencia simbólica para Bourdieu?:
La violencia simbólica es, para expresarme de la manera más sencilla posible,
aquella forma de violencia que se ejerce sobre un agente social con la anuencia
de éste. (...) En términos más estrictos, los agentes sociales son agentes
conscientes que, aunque estén sometidos a determinismos, contribuyen a
producir la eficacia de aquello que los determina, en la medida en que ellos
estructuran lo que los determina. (...) Llamo desconocimiento al hecho de
reconocer una violencia que se ejerce precisamente en la medida en que se le
desconozca como violencia; de aceptar este conjunto de premisas fundamentales,
prerreflexivas, que los agentes sociales confirman al considerar el mundo como
autoevidente, es decir, tal como es, y encontrarlo natural, porque le aplican
estructuras cognoscitivas surgidas de las estructuras mismas del mundo. En virtud
de que nacimos dentro de un mundo social, aceptamos algunos postulados y
axiomas, los cuales no cuestionan y no requieren ser inculcados. Por esta razón,
el análisis de la aceptación dóxica del mundo, que resulta del acuerdo inmediato
de las estructuras cognoscitivas, es el verdadero fundamento de una teoría realista
de la dominación y de la política. (Bourdieu y Wacquant, 1995: 120)
En el párrafo citado se pueden distinguir al menos dos formas de violencia:
la simbólica y la que no lo es. Lo que diferencia una de la otra es que la vio-
lencia simbólica puede ser reconocida; esto es, que una acción particular puede
ser identificada pero a la vez desconocida en tanto no se aprecia como una
forma de violencia, porque se consideran como acciones naturales que, para
el caso, se consideran inherentes a la condición biológica sexual de los in-
dividuos mientras se construye con base a un sistema de creencias que son de
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orden genérico. Veamos un ejemplo. Hace un tiempo estuvo de moda la canción
“Te aprovechas” que era interpretada por la banda grupera “Limite”:
Soy la esclava de tu vida / tu me lavas y me tiras / yo te sigo y tu me pisas / sin
reparar jamás en mí. // Bebo siempre de tu mano / como siempre tu rebaño / y
te odio y te amo / muy a pesar de mí. // No buscaré culpables / yo lo soy /
porque cuando me llamas / siempre estoy dispuesta a todo. // Y te aprovechas
porque sabes que te quiero / al sonido de tus dedos a tus ordenes estoy / te
aprovechas porque sabes que aunque quiera / nunca voy a estar afuera del
cristal de tu prisión. // Y me dejas y me tienes cuando quieres / me persigues y
me tienes / soy tu presa cazador. // Me desgarras y manejas a tu antojo / y
controlas mis enojos / a tu ley y convicción.
En el texto de esta canción se muestra de forma evidente la dominación
de un hombre sobre una mujer. Utiliza figuras opuestas para identificar el
papel social que se le confiere a los géneros en nuestra sociedad, donde la
mujer ocupa el lugar subordinado y el hombre el dominante, y lo que, tal
como señala Bourdieu, se acepta como principio que no es cuestionable. La
violencia simbólica contribuye a, y forma parte de, la dominación masculina.
Existe una aceptación tácita del lugar subordinado como una manera “natu-
ral” de relación social.
La perspectiva bourdieuseana sobre la violencia simbólica parece que
también podría considerarse como un modo ideológico de operar prácticas
simbólicas. Habría que responder a la pregunta de si tanto la ideología, tal
como lo plantea Thompson (1993), como las prácticas que Bourdieu identifica
como violencia simbólica, tienen el mismo fundamento epistemológico o parten
de premisas diferentes.
Otro aspecto que hay que analizar con detenimiento es el planteamiento
de la responsabilidad ética en el ejercicio del poder, a la que alude Aguilar, ya
que a dominados y dominantes se les reconoce una actitud activa. Para Bourdieu
tal participación está inscrita en el habitus, que construye un mundo significante
en un continuo de diversos campos donde los agentes juegan sus distintos
capitales. El concepto de responsabilidad ética parece apuntar hacia una toma
de consciencia de las acciones llevadas a cabo por los agentes sociales, lo que
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no comparte el planteamiento de Bourdieu, ya que en todo caso la violencia
simbólica dejaría de ser tal.
Para Bourdieu, “El caso de la dominación masculina muestra mejor que
ningún otro que la violencia simbólica se verifica a través de un acto de
conocimiento y desconocimiento situado más allá de los controles de la
conciencia y la voluntad, en las tinieblas de los esquemas del habitus, los
cuales son, al mismo tiempo sexuados y sexuantes” (Bourdieu y Wacquant,
1995: 123).
El “videoclip de la violencia” no es suficiente
La violencia que ejercen los varones contra las mujeres en general y espe-
cíficamente contra la pareja, está inmersa en una dinámica compleja. Quedarse
en el nivel de lo que llamo el “videoclip de la violencia de género” es mutilar la
posibilidad de reconocimiento en extenso de todas sus implicaciones y dificultar
el impulso de la transformación social. Hacer un recorte del fenómeno es
quedarse con la violencia de un hombre contra una mujer que se narra y
escenifica con lujo de detalles: sangre, golpes, gritos, amenazas, llanto, muerte,
que en la gran mayoría de los casos no transciende lo fenoménico, sino que se
estanca en ello. El cuadro se completa al recurrir a una forma de operación
ideológica para construir y estigmatizar al individuo violento: drogradicto,
alcohólico, mujeriego, con antecedentes criminales, enfermo mental, prove-
niente de una familia disfuncional y marginada social y económicamente.
Aparece entonces una masculinidad aberrante asociada al crimen y, por tanto,
a la necesidad de castigo, reclusión penitenciaria, de apartar el mal de la
sociedad. La violencia simbólica queda intacta, porque no se identifican y, por
tanto, no se transforman los elementos que dan vida y reproducen los sistemas
de creencias sobre los géneros, sustentados en una dinámica asimétrica,
incrustada en las estructuras sociales y en la mente de los individuos y a partir
de lo cual se hace una lectura del mundo y una práctica social del lugar de los
sujetos sociales, del lugar de hombres y mujeres.
Para comprender y desarticular la violencia masculina, la dominación de
la que forma parte, es imprescindible enmarcarla en el ejercicio de una práctica
de género en términos amplios: la producida y reproducida por hombres con-
tra mujeres, la violencia sexista y heterosexista que tiene relación con las dife-
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rencias generacionales, de clases sociales, étnicas, raciales. Hay que identificar
la violencia que se estimula a través del deporte, en los grupos de pares y la
que observamos en las instituciones sociales como la familia, la iglesia, el
trabajo, los medios de comunicación, la policía y la milicia, entre otros.
También es necesario romper los esquemas preconcebidos de la violencia.
Cuando se habla de violencia de género, viene a la mente la idea del varón co-
mo perpetrador y de la mujer como víctima, sujeto activo y pasivo. Las
trayectorias en la relación de pareja muestran que los sujetos varones y mujeres
transitan por una y otra posición. La dinámica se construye, se modifica, en
función del acceso a posiciones que posibilitan el ejercicio de poder, tales co-
mo el trabajo de mujeres y hombres, el uso del dinero por uno u otro o ambos
(Ramírez Rodríguez, 2003). El juego de la relación no sólo implica a parejas ya
establecidas de manera formal, sino a aquéllas cuyas relaciones informales
están mediadas fundamentalmente por la imagen, la apariencia. El juego de
la percepción sobre el ejercicio de poder es más importante que el ejercicio
del poder mismo. El grado de insatisfacción en las relaciones de poder está
asociado con las citas que terminan en violencia entre parejas jóvenes de
estudiantes estadounidenses (Kaura y Allen, 2004). Esto deja ver la importancia
de la subjetividad en la práctica de la violencia (Archer, 1994).
Si la violencia que ejercen los varones forma parte de las maneras como
el individuo se construye como sujeto de masculinidad, ¿en qué momento de
su ciclo vital se arraiga la violencia como elemento de identidad de género?
Responder a esta pregunta es clave porque permite identificar una ventana de
oportunidad para la intervención. En varones adolescentes brasileños y
canadienses que viven en condiciones de marginación social, en contextos
marcados por la violencia entre pandillas, en la ejercida por varones contra
mujeres, contra homosexuales y contra minorías raciales, la violencia forma
parte de una ética, adquiere un rango valorativo positivo, es observada como
signo de estatus y tiene un contenido moral deseado y legítimo, lo que en otro
sector social es observado y calificado como un crimen. Estos adolescentes,
que se están construyendo como sujetos masculinos, también enfrentan el
desafío de mostrarse ante su grupo social como proveedores, pero con pocas
posibilidades de acceder a un empleo formal. La disyuntiva entonces se
presenta entre la identidad en función de ser proveedor o aquella modelada
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Estudios Sociales
por la violencia (Totten, 2003; Barker y Loewenstein, 1997). La intervención
entonces aparece obvia, nítida y compleja.
¿Existen formas diferentes de ejercicio de violencia en función de la clase
social? La información sobre los adolescentes antes citada así lo sugiere, así
como lo han mostrado los efectos de la violencia contra las mujeres por parte
de sus parejas (Larraín, 1994; Ramírez Rodríguez, 1999). Pyke (1996) detalla
la manera en que las relaciones de poder y sus formas de ejercicio difieren en
función de la clase social. La clase media alta y alta en un grupo de estado-
unidenses está basada en una carrera profesional, que le permite mantener
en casa a su esposa, a quien le provee de todos los beneficios económicos
que derivan de su trabajo. El ingreso económico alto es un factor decisivo en
la determinación de la posición de cada miembro de la pareja, de la confi-
guración de la identidad masculina. Los varones pertenecientes a la clase
trabajadora que se desempeñan en oficios como la construcción, tienen ingre-
sos que en muchos casos son complementados con el ingreso de sus parejas,
porque es insuficiente el salario de él. Para algunos, la erosión de su estatus
se compensa con una crítica sistemática y abuso físico hacia su pareja y con
un costo afectivo muy importante, que en no pocos casos terminan en separa-
ciones. Otros varones de este grupo generan opciones de acompañamiento y,
en relación con sus parejas, negocian y deciden de manera conjunta, se
responsabilizan de las tareas domésticas y de la crianza de la descendencia.
Ante situaciones similares hay respuestas diferenciadas. La producción y
reproducción de la dominación y la violencia desembocan en salidas que se
apartan de ciertas regularidades de relación intergenérica. Ahí se encuentra el
nicho de la transformación. Espacios de cambio que requieren conocerse con
profundidad para ser estimulados y reproducidos intencionalmente.
Para continuar la reflexión
Mi propósito ha sido presentar una reflexión en dos niveles a manera de
invitación; abrevar en la discusión teórica conceptual que enmarca y
contextualiza a la violencia ejercida por varones sin limitarla a la descripción
del hecho violento en sí mismo. Considero que sólo bajo esta perspectiva es
posible dimensionar su importancia, así como los retos para tener una com-
presión cabal de este fenómeno de orden sociocultural.
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El otro nivel es el de los estudios empíricos que atienden aspectos parti-
culares a los que la teoría alude, pero del que no puede dar cuenta sino en tér-
minos generales. Las especificidades producto del trabajo empírico enriquecen
la teoría y le plantea nuevos retos. Asimismo, permiten vislumbrar posibilidades
de transformación social concreta.
Considero que los estudios de la violencia ejercida por varones apenas están
develando la diversidad temática que deberá continuarse estudiando en los
próximos años. La agenda de investigación sin duda incorporará dos aspec-
tos que, desde mi punto de vista, son cruciales: el impacto de la homosocialidad
y de la heterosocialidad en la configuración de la identidad masculina que in-
corpora, o no, el ejercicio de la violencia como una práctica (i)legítima, deseable,
moral y ética en contextos socioeconómicos específicos y en función de grupos
de edad, o si se prefiere, en generaciones específicas, en momentos concretos
del ciclo de vida. Los más relevantes serán, sin duda, en el transcurso de la ni-
ñez y adolescencia, período en el cual se arraigan las bases de la identidad de
género.
Las políticas públicas que enfrenten de manera pertinente y clara la vio-
lencia que ejercen los varones es el otro desafío. El trabajo que hasta la fecha
se ha hecho desde la trinchera de las mujeres, fue, es y seguirá siendo crucial,
pero no será suficiente para modificar de manera sustancial este fenómeno.
Atender de manera específica la violencia (en todas sus dimensiones; algunas
de éstas han sido apuntadas) que ejercen los varones en el marco de
dominación masculina, con las implicaciones ideológicas y las estructuras de
poder que articulan el hacer cotidiano con las formas más complejas de orden
institucional, requiere ser entendida y desarticulada. Los frentes de acción
son múltiples y cada uno de ellos complejo: los recreativos (grupos de pares),
la familia, la escuela, el ámbito laboral, los medios de comunicación y la le-
gislación, por mencionar los que a mi juicio son los más importantes.
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Estudios Sociales
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